lunes, 2 de febrero de 2026

CUMANÁ YA TIENE UN LUGAR DONDE HOMENAJEAR AL GRAN MARISCAL DE AYACUCHO

Aunque las plazas venezolanas de la contemporaneidad han transformado radicalmente su función histórica, en Cumaná la situación es distinta: la Plaza Ayacucho no puede dejar de ser el sitio y el lugar donde se rinde homenaje al héroe.

En Cumaná, hasta alrededor de 1890, no existía un espacio idóneo para tributar a la heroicidad del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, ni para celebrar y conmemorar las efemérides de su gran gesta. La Plaza Ayacucho llenó ese vacío y se convirtió en el epicentro del culto a Sucre. Ella y todo su entorno circundante fueron adquiridos por el gobierno, modificados y embellecidos para que armonizaran con lo que se pretendía: un sitio único para Antonio José de Sucre.

No fue un proyecto apurado ni mezquino para la ciudad; se diseñó ex profeso para rendir homenaje al Gran Mariscal de Ayacucho. Su centro sería un monumento donde la posteridad dejara constancia de su noble espíritu y de su gran epopeya.

Un reconocido escultor italiano modeló y fundió la estatua: Giovanni Turini, natural de Verona, la cual fue colocada sobre un hermoso pedestal de granito construido por otro italiano, José de Carabelli. La estatua, ennoblecida en bronce, fue traída por barco y entró desde el Puerto de Sucre por el río Manzanares. Aunque la piedra fundamental se colocó el 9 de diciembre de 1889, la Junta encargada de su erección hizo entrega formal de la estatua y de las obras circundantes de embellecimiento el 28 de octubre de 1890. El gobierno de entonces rindió los más altos honores y dejó el conjunto en manos de la ciudad para su conservación, uso y custodia.

Fue una magna apoteosis, un gran regalo planificado por el ilustrado presidente Rojas Paúl (quien también regaló las escalinatas de la iglesia de Santa Inés —hoy Basílica Menor—). Su inauguración fue igualmente apoteósica: con música sacra y popular, una asistencia multitudinaria y hasta la edición de un libro de más de 200 páginas, destinado a no olvidar aquel momento y, sobre todo, aquella intención.

Entonces, luego de aquel gran esfuerzo ciudadano y civilista, en el que no se escatimaron voluntades para alejar a Sucre de la visión colonialista con la que la Venezuela del siglo XIX despertaba al mundo, no logro entender los motivos por los cuales hoy se pretende homenajear a Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, partiendo de las grises paredes de un monumento —también nuestro— que fue construido para lo contrario: el Fuerte de San Antonio de la Eminencia, fortaleza servil y opresora, cárcel y representación insana de lo que fue la España fratricida y colonial, y que conservamos únicamente para no olvidar el pasado y comprender lo que representa.

La nobleza de Antonio José de Sucre no debe exponerse ante un monumento tan representativo de lo que otrora fue la tiranía.

Por: Rommel Contreras