sábado, 14 de febrero de 2026

Sucre y Flores: Dos venezolanos, un crimen y un mismo techo

​En el corazón del centro histórico de Quito, la Catedral Metropolitana resguarda un enigma que trasciende lo religioso. Allí, en una tregua eterna impuesta por el mármol, reposan los restos de dos venezolanos: Antonio José de Sucre, el "Abel de América", y Juan José Flores, el fundador de la República del Ecuador.


​Esta vecindad física es, quizás, la ironía más punzante de la historia andina: separa por apenas unos metros al mártir de un crimen nunca resuelto y al hombre a quien la posteridad siempre señaló como su principal beneficiario. ¿Es un homenaje a la patria o la paradoja más grande de nuestra historia?

​1830: El año del magnicidio y la fragmentación

​La paradoja nace en el barro de Berruecos. El 4 de junio de 1830, cuatro disparos terminaron con la vida de Sucre, el heredero político de Simón Bolívar. Este no fue un acto de bandolerismo, sino un crimen de Estado.

​Mientras Sucre cabalgaba hacia Quito para reunirse con su familia y defender la unidad de la Gran Colombia en el "Congreso Admirable", Juan José Flores ya orquestaba en la capital la separación del Distrito del Sur. La desaparición de Sucre eliminó el único obstáculo militar y moral que podía frenar las ambiciones de Flores. La historia sugiere que, si bien la mano que disparó fue la del coronel Apolinar Morillo, el silencio y la posterior consolidación de Flores en el poder sembraron una sospecha que el tiempo no ha logrado borrar.

​El rescate del mártir y el triunfo del caudillo

​La diferencia en el trato de sus restos acentúa la tragedia. Sucre, tras ser asesinado, fue abandonado en la selva. Fue el valor de su viuda, la Marquesa de Solanda, lo que permitió recuperar sus restos y esconderlos clandestinamente durante siete décadas en el convento de El Carmen Bajo.

​El Gran Mariscal de Ayacucho, libertador de naciones, tuvo que habitar las sombras de un altar oculto para no ser profanado por el régimen que Flores había instaurado, quien gobernaba el país con la mano dura de una "hacienda particular". Por el contrario, Juan José Flores, tras una vida de luces y sombras —incluyendo la polémica "Carta de la Esclavitud" de 1843—, murió en 1864 y fue sepultado con los máximos honores de "Padre de la Patria".

​La operación de Estado de 1900

​La reunión de ambos en la Catedral no fue un accidente, sino una maniobra de legitimación nacional. En 1900, el general Eloy Alfaro, líder de la Revolución Liberal, ordenó el hallazgo científico de los restos de Sucre. Alfaro necesitaba el prestigio del Mariscal para dotar a la República de un símbolo de pureza y sacrificio que contrastara con el pasado conservador.

​Al trasladar a Sucre a la Catedral, el Estado ecuatoriano creó una "paz forzada". Al poner al mártir cerca del fundador, la narrativa oficial intentó suturar la herida de Berruecos, fundiendo en un solo recinto la ética republicana (Sucre) y la supervivencia institucional (Flores).

​Conclusión: La dualidad en el altar

​Hoy, el mausoleo de Sucre, tallado en la oscura roca volcánica del volcán Pichincha, se yergue como un monumento a la libertad inmaculada. A pocos metros, la cripta de Flores recuerda que las naciones no solo nacen de ideales, sino también de la fuerza y la ambición.

​Al salir de la Catedral de Quito y dejar atrás el silencio de mármol que envuelve a estos dos hombres, queda en el aire una pregunta que la historia aún no termina de responder: ¿Es este mausoleo compartido un símbolo de reconciliación nacional o la última burla del poder sobre el idealismo?

​La presencia de Sucre dignifica el recinto, pero la de Flores nos recuerda las raíces complejas de nuestras repúblicas. Mientras el "Abel de América" y el "Caudillo" sigan bajo el mismo techo, la herida de Berruecos permanecerá abierta, recordándonos que en América Latina, a veces, la justicia solo llega en forma de bronce y piedra.

lunes, 9 de febrero de 2026

El peso de la libertad: La caída del hombre que sobrevivió a la guerra pero sucumbió a sí mismo

Detrás de cada gran epopeya nacional existen héroes de barro cuya redención y caída rara vez llegan a las aulas de clase. En noviembre de 1823, mientras los cañones de Puerto Cabello callaban para dar paso al nacimiento de una nación, un hombre llamado Julián Ibarra personificaba la mayor promesa de la independencia: la metamorfosis del esclavo en ciudadano. Pero la libertad, ese peso que algunos cargan como corona y otros como condena, resultó ser un terreno más traicionero que los mismos pantanos de El Casupo. A través de la investigación de Miguel Elías Dao, rescatamos del olvido la crónica de un soldado que, tras darle a Venezuela su última llave, fue incapaz de encontrar la cerradura de su propia integridad.

La madrugada del 8 de noviembre de 1823, el lodo de los manglares de Puerto Cabello no solo manchaba las botas de un hombre llamado Julián; estaba bautizando a un héroe. Aquel hombre, que había nacido bajo el yugo de la esclavitud cargando el apellido de su amo, Iztueta, sostenía en sus manos la llave de la independencia definitiva de Venezuela y de un nombre que, por fin, le pertenecería solo a él: Ibarra.

Al guiar a las tropas del General José Antonio Páez por senderos secretos para tomar el último bastión español en la laguna de El Casupo, Julián no solo conquistaba una plaza militar; estaba reclamando su propia humanidad.

Tras la toma de la ciudad, Ibarra se convirtió en una figura de leyenda. El General Páez, impresionado por su valor y lealtad, no solo le otorgó la libertad de jure, sino que lo integró con honores al estamento militar de la joven República. Ibarra ya no vestía los harapos del siervo, sino el uniforme de Capitán, con sus charreteras brillando bajo el sol del Caribe. Se le veía recorrer las calles empedradas de Puerto Cabello como un ciudadano respetado, habitando una casa propia en la calle Colombia y cabalgando el ejemplar que el mismo "Centauro de los Llanos" le había obsequiado. Para la sociedad de la época, él era el símbolo vivo de que el nuevo orden republicano premiaba el mérito sobre el linaje.

Pero mientras el Capitán Ibarra recibía saludos y honores de día, un hambre antigua y una moral fracturada lo empujaban a las sombras de noche. Quizás el paso de la sumisión absoluta a la autoridad total fue un puente demasiado largo para su espíritu. Ibarra comenzó a liderar una banda de salteadores, utilizando su conocimiento táctico y la impunidad que le otorgaba su rango para asaltar haciendas y caminos. Bajo la máscara del oficial patriota, se escondía el líder de una organización criminal que no dejaba testigos. El héroe que había abierto las puertas de la ciudad a la libertad, ahora cerraba las puertas de la vida a ciudadanos inocentes.

El destino, sin embargo, eligió el escenario más irónico para su caída: el Fortín Solano. Fue en esa imponente estructura de piedra donde el pasado y el presente de Ibarra colisionaron. Entre el ajetreo de los soldados y el brillo de las bayonetas, una niña —testigo silente del asesinato de sus padres en una hacienda asaltada por la banda— reconoció el rostro que habitaba sus pesadillas. No fue un oficial veterano ni un juez experimentado quien desenmascaró al traidor; fue el dedo tembloroso de una huérfana. El grito de terror de la pequeña al verlo caminar por el fortín fue el principio del fin.

La noticia llegó a oídos de Páez como un golpe personal. Sin embargo, el General comprendió que perdonar a Ibarra por sus méritos pasados sería traicionar los cimientos de la nación que acababan de fundar. El proceso fue breve y la sentencia, inevitable: la muerte en la horca.

Sin embargo, el final de Julián Ibarra no ocurrió ante la mirada de la multitud en la plaza pública. En un último acto de oscura voluntad, el hombre que conocía los secretos de los manglares decidió no entregar su cuello al verdugo. En la soledad de su celda, antes de ser conducido al cadalso, Ibarra tomó su propia vida. Al elegir el suicidio sobre la humillación del patíbulo, representó la paradoja más triste de la condición humana: la de aquel que conquista la libertad física pero permanece esclavo de sus instintos, prefiriendo el silencio de la muerte autoinfligida antes que el deshonor de una ejecución pública.

Hoy, su nombre sobrevive como un susurro de advertencia en las crónicas de Venezuela. Julián Ibarra entregó la última llave de la independencia, pero en el proceso, perdió la llave de su propio honor. Su caída nos recuerda que, aunque la guerra puede hacer a un hombre famoso, solo la paz y la integridad pueden hacerlo verdaderamente libre.

Nota de autor: Este relato se inspira en la investigación histórica de Miguel Elías Dao plasmada en su libro "El negro que le dio la espalda a la gloria". La obra de Dao rescató de los archivos judiciales la trágica dualidad de Julián Ibarra, el héroe de la Toma de Puerto Cabello que terminó sus días por su propia mano tras ser descubierto en una vida criminal.



lunes, 2 de febrero de 2026

CUMANÁ YA TIENE UN LUGAR DONDE HOMENAJEAR AL GRAN MARISCAL DE AYACUCHO

Aunque las plazas venezolanas de la contemporaneidad han transformado radicalmente su función histórica, en Cumaná la situación es distinta: la Plaza Ayacucho no puede dejar de ser el sitio y el lugar donde se rinde homenaje al héroe.

En Cumaná, hasta alrededor de 1890, no existía un espacio idóneo para tributar a la heroicidad del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, ni para celebrar y conmemorar las efemérides de su gran gesta. La Plaza Ayacucho llenó ese vacío y se convirtió en el epicentro del culto a Sucre. Ella y todo su entorno circundante fueron adquiridos por el gobierno, modificados y embellecidos para que armonizaran con lo que se pretendía: un sitio único para Antonio José de Sucre.

No fue un proyecto apurado ni mezquino para la ciudad; se diseñó ex profeso para rendir homenaje al Gran Mariscal de Ayacucho. Su centro sería un monumento donde la posteridad dejara constancia de su noble espíritu y de su gran epopeya.

Un reconocido escultor italiano modeló y fundió la estatua: Giovanni Turini, natural de Verona, la cual fue colocada sobre un hermoso pedestal de granito construido por otro italiano, José de Carabelli. La estatua, ennoblecida en bronce, fue traída por barco y entró desde el Puerto de Sucre por el río Manzanares. Aunque la piedra fundamental se colocó el 9 de diciembre de 1889, la Junta encargada de su erección hizo entrega formal de la estatua y de las obras circundantes de embellecimiento el 28 de octubre de 1890. El gobierno de entonces rindió los más altos honores y dejó el conjunto en manos de la ciudad para su conservación, uso y custodia.

Fue una magna apoteosis, un gran regalo planificado por el ilustrado presidente Rojas Paúl (quien también regaló las escalinatas de la iglesia de Santa Inés —hoy Basílica Menor—). Su inauguración fue igualmente apoteósica: con música sacra y popular, una asistencia multitudinaria y hasta la edición de un libro de más de 200 páginas, destinado a no olvidar aquel momento y, sobre todo, aquella intención.

Entonces, luego de aquel gran esfuerzo ciudadano y civilista, en el que no se escatimaron voluntades para alejar a Sucre de la visión colonialista con la que la Venezuela del siglo XIX despertaba al mundo, no logro entender los motivos por los cuales hoy se pretende homenajear a Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, partiendo de las grises paredes de un monumento —también nuestro— que fue construido para lo contrario: el Fuerte de San Antonio de la Eminencia, fortaleza servil y opresora, cárcel y representación insana de lo que fue la España fratricida y colonial, y que conservamos únicamente para no olvidar el pasado y comprender lo que representa.

La nobleza de Antonio José de Sucre no debe exponerse ante un monumento tan representativo de lo que otrora fue la tiranía.

Por: Rommel Contreras