En Cumaná, hasta alrededor de 1890, no existía un espacio idóneo
para tributar a la heroicidad del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de
Sucre, ni para celebrar y conmemorar las efemérides de su gran gesta. La Plaza
Ayacucho llenó ese vacío y se convirtió en el epicentro del culto a Sucre. Ella
y todo su entorno circundante fueron adquiridos por el gobierno, modificados y
embellecidos para que armonizaran con lo que se pretendía: un sitio único para
Antonio José de Sucre.
No fue un proyecto apurado ni mezquino para la ciudad; se diseñó ex profeso
para rendir homenaje al Gran Mariscal de Ayacucho. Su centro sería un monumento
donde la posteridad dejara constancia de su noble espíritu y de su gran
epopeya.
Un reconocido escultor italiano modeló y fundió la estatua:
Giovanni Turini, natural de Verona, la cual fue colocada sobre un hermoso
pedestal de granito construido por otro italiano, José de Carabelli. La
estatua, ennoblecida en bronce, fue traída por barco y entró desde el Puerto de
Sucre por el río Manzanares. Aunque la piedra fundamental se colocó el 9 de
diciembre de 1889, la Junta encargada de su erección hizo entrega formal de la
estatua y de las obras circundantes de embellecimiento el 28 de octubre de
1890. El gobierno de entonces rindió los más altos honores y dejó el conjunto
en manos de la ciudad para su conservación, uso y custodia.
Fue una magna apoteosis, un gran regalo planificado por el
ilustrado presidente Rojas Paúl (quien también regaló las escalinatas de la
iglesia de Santa Inés —hoy Basílica Menor—). Su inauguración fue igualmente
apoteósica: con música sacra y popular, una asistencia multitudinaria y hasta
la edición de un libro de más de 200 páginas, destinado a no olvidar aquel
momento y, sobre todo, aquella intención.
Entonces, luego de aquel gran esfuerzo ciudadano y civilista, en el que no se
escatimaron voluntades para alejar a Sucre de la visión colonialista con la que
la Venezuela del siglo XIX despertaba al mundo, no logro entender los motivos
por los cuales hoy se pretende homenajear a Antonio José de Sucre, Gran
Mariscal de Ayacucho, partiendo de las grises paredes de un monumento —también
nuestro— que fue construido para lo contrario: el Fuerte de San Antonio de la
Eminencia, fortaleza servil y opresora, cárcel y representación insana de lo
que fue la España fratricida y colonial, y que conservamos únicamente para no
olvidar el pasado y comprender lo que representa.
La nobleza de Antonio José de Sucre no debe exponerse ante un
monumento tan representativo de lo que otrora fue la tiranía.
Por: Rommel Contreras