El imperialismo por siglos ha tratado de concentrar poder para manipular, a su antojo, la geopolítica en las diferentes regiones del planeta. Circunstancia por la cual una despreciable y criminal acción como ¨el secuestro¨ ha sido cuasi legalizada por ese insaciable imperialismo como una perversa estrategia operacional, entre sus mercenarios, para invadir y usufructuar las riquezas y recursos de los demás países en aras de torcer la geopolítica de las regiones continentales y exterminar la soberanía de los pueblos.
La historia registra una serie de alevosos secuestros, planificados y ejecutados deliberadamente, que han posibilitado al imperialismo, con sedición y alta violencia, caotizar, desestabilizar y saquear los recursos y riquezas de muchos pueblos. De manera tal que la intención supremacista imperialista con la ejecución de esos secuestros, a lo largo de la historia, ha sido fortalecer su riqueza imperial para controlar la economía y consolidar su dominación sobre los demás pueblos, intentando cambiar la geopolítica e imponer su pensamiento único sobre la humanidad.
Entonces, permítase usted, amigo lector, observar la descripción de los siguientes casos, que están documentados en la historia de la humanidad.
1519. Moctezuma Xocoyotzin. Tenochtitlan. Méjico.
La falange español Hernán Cortés, con el apoyo de la doctrina cristiana, planificó y ejecutó la captura y secuestro del líder azteca Moctezuma en el año de 1519, en la región que actualmente ocupa la población mejicana.
Moctezuma fue acusado de conspiración por un supuesto asalto a la guarnición española. Fue llevado bajo engaño a la referida guarnición e inmediatamente emboscado y secuestrado. En ese sangriento hecho fueron asesinados a mansalva todos sus acompañantes. Secuestro que produjo, durante el cautiverio de Moctezuma, más de tres mil muertos aztecas. Allí estuvo implicado también un cura de nombre Bartolomé de Olmedo, quien trató impunemente, con adoctrinamiento forzado, de cambiar la mentalidad de Moctezuma para convertirlo en cristiano, y liquidar su soberanía espiritual de azteca. Cuando ya Moctezuma no servía a los intereses del imperialista invasor, fue vilmente asesinado.
Empero las evidencias históricas señalan que la razón real del secuestro de Moctezuma lo constituyó el robo y saqueo de las riquezas que ese pueblo poseía. Que trataron luego de justificar con el funesto ¨requerimiento¨.
Un saqueo que según la misma crónica colonial española estimó en más de 700 mil ducados de oro, y más de cien mil marcos de oro. Eso equivalía entonces a la cantidad aproximada de 160 mil castellanos. Que fueron utilizados para levantar la economía del decadente imperio español. He allí irrefragablemente la verdadera razón del secuestro y asesinato del líder azteca Moctezuma Xocoyotzin.
Publico este ensayo hoy, 3 de octubre, y no otro día, por una doble deuda que el calendario quiso anudar por mí. En octubre de 1826 apareció en Londres el tomo primero de El Repertorio Americano, donde Andrés Bello dio a la imprenta su Silva a la agricultura de la zona tórrida: se cumplen, pues, doscientos años justos del poema que atraviesa estas páginas y que mi bisabuela recitaba de memoria frente al mar de Río Caribe. Y un 3 de octubre, pero de 1841 —el mismo año, nótese, en que salían de las prensas de París el Resumen de Baralt y la Geografía de Codazzi—, nació en Valencia mi bisabuelo, Francisco González Guinán, quien a su manera continuaría la obra de ambos.
A mi bisabuelo no lo conocí; tampoco, en rigor, lo conocieron del todo sus hijas margariteñas. Llegó a la isla refugiado, en el tránsito del siglo XIX al XX, ya casado en Valencia; allí conoció a Rita Amadora Marcano, y de ese amor sin partida nacieron Gabriela y Eduarda, a quienes nunca reconoció. La historia, que él supo escribir en catorce tomos, no le alcanzó para escribir esos dos nombres.
Pero la sangre y la memoria no necesitan notario. Lo que el apellido negó lo transmitió la voz: fue por esa vía materna —la bisabuela que recitaba la Silva al pie del cerro El Toro, la abuela que rezaba la «Oración por todos» como herencia de un padre al que posiblemente nunca vio— que me llegó el legado que este ensayo intenta honrar y devolver. Y procuro seguir sus pasos con obras: cuatro libros de historia llevan ya mi firma y pueden hallarse en las librerías digitales buscando, sencillamente, Rommel Contreras.
Sirva entonces este 3 de octubre para un doble homenaje: al respetable don Andrés Bello, en el bicentenario de su fecunda Silva; y a Francisco González Guinán, en los 185 años de su nacimiento, de quien heredé, sin que él lo pretendiera, el oficio de mirar a Venezuela a través de su geografía y su historia. Para eso también sirven las efemérides: para que los hijos no reconocidos de la historia reciban, aunque sea un siglo después, su acta de reconocimiento.
Tras las guerras de independencia (1810-1825), nuestro Andrés Bello, durante su exilio en Londres, escribe la Silva a la agricultura de la zona tórrida en 1826, hace ahora doscientos años. Una larga silva —mezcla de versos endecasílabos y heptasílabos— que se erige como una exaltación poética de la naturaleza tropical americana y un llamado a valorar la vida del campo por encima de la ciudad. Mi bisabuela Rita Amadora Marcano, nacida en Juan Griego, en la isla de Margarita, la recitaba toda de memoria en sus conversatorios nocturnos al pie del cerro El Toro, en la playa de Río Caribe; se la enseñó a mi abuela Gabriela Isabel (hija de su marido, Francisco González Guinán, cuando estuvo refugiado en Margarita); y también, a su nieto, mi papá Aser Contreras, y él a mí. Pero confieso que la he olvidado en gran parte, al igual que la «Oración por todos», traducida por Bello de Víctor Hugo, la cual era rezada por mi abuela como herencia de su muy devoto padre. Un legado cultural que se transmitió por vía materna, aunque mi abuela posiblemente no conoció a su padre; fortuna que sí tuve yo, en detalle, hasta que falleció en la ancianidad.
La Silva a la agricultura de la zona tórrida intenta crear una identidad cultural propia para las nuevas naciones latinoamericanas, sugiriendo dejar de imitar los modelos europeos para valorar la propia tierra; esta obra formaba parte de un proyecto más ambicioso llamado América, que Bello nunca terminó, inspirado posiblemente en el pregonar incansable de Francisco de Miranda.
El poema comienza así:
«¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!».
Lo curioso es que Bello usa el término «zona tórrida» en el título, pero en el cuerpo del poema la llama «fecunda zona» (fértil) y la describe como una tierra generosa y llena de vida. Los antiguos griegos y romanos llamaron «tórrida» (quemada) a esta franja porque creían que el calor era tan extremo que la hacía inhabitable. Pensaban que los rayos del Sol, al caer verticalmente dos veces al año, impedirían la vida humana. Sin embargo, la realidad americana desmintió esa creencia: en esta zona hay «países frescos, templados y saludables en donde se goza casi de primavera y otoño perpetuos» (algunos, con jocosidad, la hubieran llamado «zona viva la pepa», y por ello somos tan «tostados»), gracias a sus vientos frescos, lluvias frecuentes y «dos cosechas de fruto cada año». El nombre «tórrida» resultó ser inapropiado y, por ello, fue reemplazado con el tiempo por términos más precisos: zona intertropical o zona tropical. La clasificación mundial de cinco zonas (tórrida, dos templadas y dos frías) sigue siendo válida geográficamente, pero el adjetivo original resultaba engañoso al sugerir un calor extremo que no corresponde con la rica realidad de muchas regiones tropicales.
Todo lo anterior lo sabía Bello porque él, además de todo lo que fue, fue un auténtico amante de la Geografía. Ese amor queda plasmado en su Cosmografía (publicada originalmente en 1848; un ejemplar original reposa en mi biblioteca), un destacado texto de divulgación científica y astronómica.
En la Cosmografía de Bello se siente el eco de Lorenzo Hervás y Panduro. De hecho, cuando Bello analiza fenómenos celestes en su texto, utiliza y cita explícitamente el Viaje estático al mundo planetario de Hervás y Panduro, donde el jesuita utiliza telescopios imaginarios y la teoría newtoniana para describir el cosmos. Lorenzo Hervás es el gigante de la lingüística comparada gracias a su monumental Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas. Para un gramático de la envergadura de Andrés Bello, la obra filológica de Hervás era de consulta obligatoria. El afán del jesuita por estudiar de forma científica las lenguas indígenas americanas dejó una impronta directa en la visión americanista y unificadora del idioma que Bello defendería décadas más tarde. No son casuales los lazos entre la filología, la literatura, la historia y la geografía. Son, más bien, las cuatro patas de una misma mesa: el lenguaje ocurre en el tiempo (historia) y en el espacio (geografía), y la literatura es el testimonio más rico de esa ocurrencia. En palabras llanas: no es otra cosa que el estudio del hombre en el tiempo y en el espacio a través de su lengua y sus relatos.
La obra de Andrés Bello explica la estructura del universo basándose en los descubrimientos más recientes de su época; de hecho, durante su estancia en Chile, Bello realizó observaciones y cálculos matemáticos sobre el planeta Urano y el cometa Halley. Presenció el paso del cometa en 1835; mi bisabuela, en 1910; pero, al contrario de la conmoción científica de Bello, Rita Amadora contaba que en la playa de Río Caribe suponían que sucedería el fin del mundo. Los aportes al estudio del cosmos realizados por el culto Andrés Bello fueron reconocidos por la Unión Astronómica Internacional, que promovió la designación de un cráter del planeta Mercurio con el nombre de «Bello» en 1976. La mayoría de los cráteres de Mercurio llevan el nombre de famosos escritores, artistas y compositores. Pero en el caso de ese reconocimiento a Bello, resulta que el filólogo también contribuyó al entendimiento colectivo del orden y la armonía del universo. Por eso, quizás, mereció un cráter mayor que el mediano que le correspondió, de solo 137 km de diámetro; si me hubieran preguntado, habría sugerido toda una cuenca inmensa, muy superior a los gigantes asignados a Tolstói, Homero o Goethe.
El «cumanés» Andrés Bello no fue el único poeta de estas latitudes sensible y con pasión por la geografía. En 1847, el escritor Bartolomé Milá de la Roca hizo lo propio y publicó su Llave de cronología matemática e histórica, formada con arreglo a los mejores autores que han escrito sobre la materia y dedicada a la educación primaria y secundaria de Venezuela, una obra de grandes pretensiones pedagógicas donde apuntaba:
«Bien persuadido estoy de que para fijar las fases de la Luna con el rigor astronómico que ellas requieren, es indispensable el auxilio de la ciencia por necesitarse de largas y diferentes operaciones, como así mismo para determinar los eclipses; y de que basta saber las reglas fundamentales de la Aritmética para hacer el cómputo eclesiástico, el cálculo de las fechas en que se celebran las festividades movibles, y aquel en que con mucha aproximación suceden los novilunios, plenilunios, cuartos de creciente y menguante. Esto será muy ventajoso a la instrucción primaria, pues que los alumnos quedarán en aptitud de hacerlo; siendo innegable que el objeto de los más que en Venezuela compran almanaques es el de imponerse de dichos cómputos».
Es que Cumaná misma está indisolublemente asociada a la geografía mundial. Fue la ciudad que cobijó, durante una larga temporada, a la Expedición Secreta o de Límites, la cual vino en 1754 a delimitar las fronteras con el Brasil (una acción de suma importancia histórica para nuestra actual defensa del Esequibo). El lugar de alojamiento del comandante de esa expedición fue el detalle documental que permitió corroborar que la casa donde nació el Gran Mariscal de Ayacucho ya existía a mediados del siglo XVIII; también fueron esos instruidos visitantes quienes nos legaron un temprano mapa lleno de detalles e información científica. Asimismo, la eminencia de San Antonio fue el lugar predilecto para las observaciones astronómicas de numerosas expediciones científicas durante el Siglo de las Luces. Allí estuvo Joaquín Francisco Fidalgo cuando emprendió la cartografía de la costa y la batimetría de nuestros mares al mando de los bergantines Empresa y Alerta, en la llamada expedición del Atlas de la América Septentrional, comandada por el afamado científico, marino y militar español Cosme Damián Churruca —aquel que luego muriera con gloria en el navío San Juan Nepomuceno durante el combate de Trafalgar en 1805—. La fortaleza de San Antonio fue, por mucho tiempo, el meridiano de referencia para la cartografía de este lado del mundo.
Pero allí y acá también estuvo «El Sabio», como afectuosamente llamaron los cumaneses a Friedrich Karl Wilhelm Heinrich Alexander (Alexander von Humboldt) entre los siglos XVIII y XIX. Humboldt no escribió poesía, pero su prosa científica era tan descriptiva y sensorial que lograba el mismo efecto: transportar al lector al paisaje. Describió al continente con tal magnificencia que el propio Bolívar llegó a sentenciar: «Humboldt fue el verdadero descubridor de América».
Entonces, aún nos estamos «descubriendo», mucho y vertiginosamente, con la ayuda de las nuevas tecnologías. Por ello, quizás, nos suponemos más aventajados que quienes nos precedieron, como el Viejo Plinio del siglo I, quien fue un compilador monumental y también geógrafo, pero sobre todo un curioso científico que prefirió presenciar la erupción del Vesubio en primera fila y sucumbir, antes que ponerse en resguardo con su propia flota. O nos creemos más entendidos que el propio padre de la Geografía —término que él mismo acuñó—: Eratóstenes (c. 285-194 a. C.). Poseedor del saber científico griego del período helenístico, estuvo muy influenciado por el escepticismo académico que estudió en Atenas, lo que le llevaba a cuestionar el conocimiento aceptado y a probar las ideas por sí mismo en lugar de darlas por ciertas. Fue él mismo quien, utilizando un método simple y elegante, determinó en el siglo III a. C. una aproximación de la circunferencia terrestre con un margen de error increíblemente bajo, de menos del 1 %. Es de Eratóstenes de quien Plinio toma la medición de la circunferencia planetaria (252 000 estadios), y a partir de su legado, Claudio Ptolomeo, en el siglo II d. C., formaliza el sistema de coordenadas geográficas que actualmente utilizamos.
No es, entonces, casual que el conocimiento del entorno —del mundo— sea la base para la erudición, lo que hace de todos ellos auténticos polímatas: término, también en desuso, para aquellas personas que poseen conocimientos profundos y vastos en diversas disciplinas (como Eratóstenes, Humboldt o Andrés Bello).
Retornando a Bello —quien en algún momento visitó Cumaná y convivió entre nosotros junto a sus progenitores, sembrados luego en lo profundo de esta tierra, ignorando hoy los cumaneses dónde reposan tan honorables despojos—, sabemos que Bartolomé Bello, padre de Andrés, vivió en Cumaná, donde ejerció la Fiscalía de Hacienda y Renta del Tabaco desde 1789 hasta su muerte en 1804. Un amigo de Andrés que fue presidente del Concejo Municipal, el letrado caraqueño y teniente coronel de artillería José Agustín de Loinaz, con quien mantenía afectuosa correspondencia epistolar, le recordaba en una de sus cartas «los días felices que compartieron a orillas del pintoresco Manzanares». Fue el coronel Loinaz quien tuvo el honor de recibir, de parte del Gran Mariscal de Ayacucho, la guirnalda y la pluma de oro con que la ciudad de Cochabamba le homenajeó, y que este, añorando a su ciudad natal, envió de regalo desde el Sur. Suerte la de Cumaná, que un patriota ilustrado recibiera, en nombre de todos, la ofrenda de su hijo mal querido, a quien su ciudad aún no ha sabido corresponder, y cuyos valiosos regalos han sido ultrajados en repetidas oportunidades (hoy los que se exhiben ya no son los originales).
En su poema Alocución a la Poesía, Andrés Bello menciona un amor juvenil con María Josefa Sucre, hermana del futuro Gran Mariscal de Ayacucho. En dicha obra se lee:
«Despierte (¡oh Musa, tiempo es ya!) despierte
algún sublime ingenio, que levante
el vuelo a tan espléndido sujeto,
y que de Popayán los hechos cante
y de la no inferior Barquisimeto,
y del pueblo también [Cumaná, nota de Bello] cuyos hogares
a sus orillas mira el Manzanares;
no el de ondas pobre y de verdura exhausto,
que de la regia corte sufre el fausto,
y de su servidumbre está orgulloso,
mas que el de aguas bellas abundoso,
como su gente lo es de bellas almas,
del cielo en su cristal sereno pinta
el puro azul, corriendo entre las palmas
de esta y aquella deliciosa quinta».
En algún momento leí a Ramos Sucre, y él recomendaba leer al escritor e historiador Rafael María Baralt; leerlo para aprender a escribir y a leer en buena prosa. Fue Baralt el primer hispanoamericano elegido para integrar la Real Academia Española, en 1853. Muy respetada he tenido la sugerencia del inmenso Ramos Sucre respecto a Baralt; es por ello por lo que temprano me preocupé de que un original de su obra histórica reposara en mi biblioteca: el Resumen de la Historia de Venezuela, que abarca desde el descubrimiento hasta 1837 y constituye una monumental compilación histórica y geográfica de Venezuela.
Este esfuerzo se completaba con el Resumen de la Geografía de Venezuela, parte de un mismo proyecto intelectual: darle a la nueva República una conciencia de sí misma a través de la historia y el territorio. José Antonio Páez buscaba consolidar la identidad nacional y para ello encargó a Agustín Codazzi la elaboración de un atlas y una geografía científica del país. Paralelamente, se promovió la redacción de una historia nacional que explicara el origen de la República. Eran dos caras de la misma moneda: Codazzi respondería a la pregunta «¿qué país somos?», mientras que Baralt respondería «¿cómo llegamos a ser este país?».
Así figura en las ediciones originales de mi biblioteca. Baralt y Ramón Díaz elaboraron el Resumen de la Historia de Venezuela mientras colaboraban en la publicación del atlas y de la geografía de Codazzi. Es decir: Codazzi aportó la mirada territorial y estadística; Baralt, la narrativa histórica y la prosa robusta; todo ello a la manera de Eratóstenes, de cuya erudición han bebido todos abundantemente, desde el mismo Humboldt —quien lo idolatra en sus escritos— hasta el propio Bartolomé Milá de la Roca.
El Resumen de la Historia de Venezuela fue escrito a dos manos por Rafael María Baralt y Ramón Díaz Martínez. Baralt comenzó a recopilar materiales hacia 1837; Codazzi, desde mucho antes; pero tanto el Resumen de la Historia de Venezuela como el Resumen de la Geografía de Venezuela aparecieron impresos en París en 1841, no sin antes ser presentados al Sabio para su visto bueno y revisión. El sabio alemán alabó las obras y se enamoró del atlas cartográfico (del cual, lamentablemente, aún no me ha sido posible adquirir... un original).
Como una alerta temprana para nuestro tiempo nacional, Baralt y Díaz expresan su temor a la amenaza jacobina. En 1841, asocian explícitamente a la Sociedad Patriótica (fundada en 1810 por Bolívar y Miranda, entre otros) con los jacobinos franceses. Esta comparación no es inocente. Al calificarlos como «activos y bulliciosos oyentes» que «lisonjeaban las inclinaciones populares», están instalando una narrativa de temor al desbordamiento popular y al radicalismo. Es decir, ya desde la primera gran historia de Venezuela se está sembrando una interpretación: la independencia no fue solo una gesta heroica, sino también una amenaza de caos jacobino que el Congreso (más moderado) apenas pudo contener, y que hoy pulula en nuestra escena y realidad política; claro que nuestros héroes, a diferencia de algunos contemporáneos, jamás esgrimieron la excusa de la inmolación: en eso nos superan a todos.
«Esta Junta, bien así como en Francia la de los jacobinos y otras tales, había conseguido atraerse a una gran clientela de activos y bulliciosos oyentes, lisonjeando las inclinaciones populares y defendiendo audazmente los principios de igualdad tan caros al pueblo (...). El Congreso, por su parte, intimidado con la popularidad de la junta patriótica, y viendo el decidido apoyo que le prestaban muchos de sus miembros, toleraba el porte desmedido de aquel cuerpo y aun se dejaba influir por él en los negocios».
Un «miedo fundacional» que pretendió —y aún pretende— justificar la necesidad de los «guardianes de la revolución», con cargos vitalicios e intransferibles; una construcción historiográfica que se fue repitiendo y asentando desde 1841 hasta el presente. Hasta que hoy los vemos desfilar y retirarse, ante las realidades pragmáticas de sus vidas cotidianas, por el albañal de la historia. No somos un libro con las páginas aún sin abrir: nuestra valentía ya fue probada en los campos de batalla americanos. Por eso desconcierta la retórica oficial que, frente al abuso de la potencia del norte, alega «no quererse inmolar», renunciando así a defender la soberanía; y desconcierta más todavía que, al tiempo que se esquiva el sacrificio, se extienda a los enemigos de la revolución un indulto general. Curiosa simetría: inmolación simulada e indulto real no son aquí términos antónimos, sino símiles que marchan en un mismo y claudicante sentido, el de la renuncia a la soberanía. La historia, que ya juzgó a los jacobinos imaginarios de Baralt, sabrá pasarles factura también a estos guardianes de ocasión.
En resumen, la geografía está íntimamente asociada al conocimiento y debe ser uno de los pilares fundamentales para la formación de los niños y de las nuevas juventudes. El exvicepresidente de la AGHES, el profesor Gilberto López, citaba las palabras del rector de la Universidad de Chile —institución de la que Bello fuese también rector por largos años—, don Ignacio Domeyko, quien durante la inhumación de los restos de Bello expresó:
«No es dado enumerar fríamente los inmensos méritos y servicios de Don Andrés Bello, que, si pudiéramos recordarlos todos, dudaría la razón que en una sola vida, un solo hombre, pudiera saber tanto, hacer tanto y amar tanto».
Lo mismo se dijo y se dirá, con toda seguridad, de Eratóstenes, Plinio, Humboldt, Codazzi y tantos otros. Sirva este recordatorio para tener presentes las enseñanzas de los amigos ya fallecidos Gilberto López y Luis Germán Pérez, a quienes seguro pertenecen más estas palabras que a mí; y también a mi bisabuelo, que algo me heredó... sin pretenderlo, pero que a su manera continuó el trabajo de Baralt y Codazzi con su Historia Contemporánea de Venezuela, de la cual dijo Rómulo Betancourt —para mí, uno de los grandes drenadores de la savia de la república— que era imprescindible leerla para intentar ser presidente de Venezuela; en su caso, para entender y negociar el país, como lo han pretendido, cada quien a su manera, sus sucesores y demás vendepatrias.
Sin la valentía de un Plinio, la genialidad de un Humboldt, el ojo observador de Codazzi, la pluma de Baralt y la sensibilidad instruida de Bello —sin el entendimiento de nuestra geohistoria—, no construiremos nuestro entorno patrimonial geográfico e histórico. Y debo concluir diciendo que «la política» —la pequeña, la de oficio, no aquella que encargó atlas e historias para fundar una nación— poco aporta; al contrario: frena y destruye.
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Rommel Contreras · Academia de GeoHistoria del Estado Sucre · 3 de octubre de 2026 Bicentenario de la Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826-2026) · 185.º aniversario del natalicio de Francisco González Guinán (1841-2026)
La muerte de Teresita Sucre y el silencio de la casa de la Marquesa de Solanda
Por: José M. Herrera G.
Ensayo de archivo
La historia oficial prefiere las grandes batallas, los sables relucientes y las
actas solemnes firmadas en caoba. Pero los verdaderos secretos de una república no se gestan en
los campos de Marte, sino en el silencio de las recámaras aristocráticas, donde el poder y la
conveniencia se miden en pulsos de sangre.
Si Berruecos fue el crimen fundacional en la selva, lo que ocurrió poco después en las alturas
de Quito dentro de la Casa de la Marquesa de Solanda desafía la comodidad del relato oficial.
La pieza viviente de un pasado incómodo
Noviembre de 1831. Ha pasado poco más de un año desde el magnicidio del Gran Mariscal de
Ayacucho. En la imponente residencia de la Marquesa, las cosas han cambiado con una velocidad
vertiginosa. Mariana Carcelén ya no viste de riguroso luto; trece meses después de la tragedia,
contrajo nupcias con el general neogranadino Isidoro Barriga, antiguo compañero de armas de
Sucre y ahora administrador de su colosal fortuna.
Pero en los pasillos de la hacienda El Deán y de la casona quiteña hay un recordatorio
constante, un par de ojos que replican la mirada del héroe caído: Teresita, la única hija que el
Mariscal Sucre tuvo con Mariana.
Con apenas dos años y medio de vida, la pequeña no es solo una niña; es una anomalía política.
Mientras el nuevo régimen del general Juan José Flores intenta estabilizar el poder y borrar las
lealtades pasadas, Teresita representa el vínculo sentimental más puro, vivo e insustituible con
Sucre. Es la heredera moral de un apellido que el poder naciente necesita sepultar en el mito,
no mantener respirando en un comedor.
El expediente cerrado: ¿accidente o la ley del silencio?
De pronto, la tragedia golpea de nuevo a la Marquesa. La pequeña Teresita muere de forma
repentina. Y es aquí donde los archivos históricos se vuelven extrañamente esquivos,
contradictorios y sospechosamente limpios.
La crónica oficial de la época bifurca los hechos en dos versiones que conviven en una tensión
perturbadora:
La versión clínica
la que consta en el papel
Un deceso rápido provocado por una fiebre o infección estomacal fulminante. Una fatalidad de
la medicina decimonónica, común en una época donde la infancia era un terreno minado de
epidemias.
La versión de los susurros
la leyenda negra
Una caída mortal desde el segundo piso de la casona al patio central, supuestamente ocurrida
mientras el general Isidoro Barriga la sostenía en brazos.
Para un investigador de archivo, la segunda hipótesis enciende todas las alarmas. ¿Un
descuido fatal del nuevo padrastro, el hombre que heredó la fortuna de Sucre y ocupó su lugar en
la cama de la Marquesa? ¿O el recordatorio macabro de que la presencia de la niña se había
vuelto un lastre geopolítico insostenible para el equilibrio entre Barriga y el floreanismo?
El macabro secreto de la cripta
La sospecha de que la muerte de Teresita no fue un simple accidente doméstico cobra una
dimensión escalofriante cuando se analiza el destino final de sus restos.
Años más tarde, cuando Mariana Carcelén ejecutó la proeza clandestina de rescatar el cadáver
profanado del Mariscal Sucre para ocultarlo de sus enemigos, la caja mortuoria que guardaba los
restos del héroe no venía sola. El cajón ocultaba también los pequeños huesos de Teresita. Padre
e hija fueron unidas en secreto dentro de la cripta del Carmen Bajo, sellando un pacto de
protección póstuma contra un mundo exterior que había intentado arrebatárselo todo.
En el tablero del poder quiteño del siglo XIX, las coincidencias trágicas rara vez eran
fortuitas. Cuando la desaparición física de un infante resuelve de golpe las tensiones
sucesorias, blinda patrimonios y esteriliza los lazos afectivos con un enemigo político, la
navaja de Ockham deja de ser una herramienta lógica y se convierte en una coartada.
El epílogo de la sangre diluida
La muerte de Teresita abrió el camino biológico que faltaba. Meses después, Mariana y Barriga
tendrían un varón: Manuel Felipe Barriga y Carcelén.
A su vez, este hijo de la viuda de Sucre y del sospechoso Barriga terminaría casándose con
Josefina Flores, hija del mismísimo archienemigo político: Juan José Flores. El círculo se
cerraba de manera perfecta. El pasado quedó esterilizado, los rastros sentimentales borrados del
mapa y la sangre de los antagonistas mezclada en un mismo escudo nobiliario.
La historia oficial nos vendió el relato de una familia golpeada por el destino. Pero si uno lee
entre líneas los vacíos notariales y la rapidez de los hechos, descubre que la muerte de Teresita
fue quizás el eslabón más sombrío de una cadena de crímenes —unos con balas en Berruecos,
otros con silencios y caídas trágicas en los balcones de Quito— diseñados para que la
República del Ecuador naciera sobre terreno despejado.
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Cronología de la casa de Solanda
4 de junio de 1830 Antonio José de Sucre es asesinado en las montañas de Berruecos,
camino de Quito.
Trece meses después Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, casa con el general
neogranadino Isidoro Barriga, compañero de armas de Sucre y administrador de su fortuna.
Noviembre de 1831 Muere Teresita, de dos años y medio, única hija de Sucre y
Mariana. Dos versiones del hecho: la fiebre fulminante y la caída al patio.
Meses más tarde Nace Manuel Felipe Barriga y Carcelén, hijo de Mariana y Barriga.
Años después Mariana rescata en secreto los restos profanados del Mariscal; en la
misma caja viajan los huesos de Teresita, hasta la cripta del Carmen Bajo.
Una generación más Manuel Felipe casa con Josefina Flores, hija de Juan José Flores.
El círculo se cierra.
Resumen de los hechos referidos en el texto. La fecha de Berruecos se añade
como referencia documental.
José M. Herrera G.
Academia de GeoHistoria del Estado Sucre · Efemérides Cumanesas
De la mezcla anterior al “descubrimiento” a la sociedad de castas
de la colonia: cómo se formó, en la primera ciudad de tierra firme, una población hecha
de indígenas, europeos y africanos.
Fig. 1.— La plaza colonial: el lugar donde se cruzan a diario
el peninsular, el criollo, el indio y el negro.
Introducción
Mestizaje es el producto del cruce biológico y cultural de individuos provenientes de
diferentes etnias y geografías; significa mezclado. Se utilizaba inicialmente para
describir el cruce de razas entre las especies animales, pero se comenzó a emplear en la
conquista y colonización de América, primordialmente para caracterizar el resultado de los
vínculos entre españoles y poblaciones indígenas y negras, que eran consideradas razas
distintas.
Estos conceptos de raza o mezcla son muy discutidos y cuestionados; se ha preferido hablar
de etnias, población o recombinación genética. Pero el mestizaje no solo tiene que ver con
rasgos genéticos, sino también con costumbres, idiomas y características culturales que se
entrecruzan y se combinan entre sí. Estas uniones entre personas de poblaciones diferentes
datan de la prehistoria, a pesar de las prohibiciones y los tabúes.
Si bien es cierto que la palabra mestizo se empezó a aplicar a seres humanos en el
siglo XVI, ya se usaba en el campo de la zoología para las razas y sus cruces dentro de una
misma especie animal, y mucho antes, naturalmente, ya se cruzaban esas especies. Sin embargo,
entre los humanos se fomentaba la idea equivocada de que existían, por un lado, razas puras
y, por el otro, razas mixtas o mezcladas, idea que inducía y propiciaba el racismo y su
discriminación.
Fig. 2.— La organización social del período colonial,
representada como una pirámide de castas.
Mestizaje en América y Venezuela
La llegada de los españoles a América, y específicamente a Venezuela, fue bien recibida por
los aborígenes de forma cordial, con asombro y sin hostilidad, con mucha complacencia e
imaginándolos semidioses surgidos del mar. Por ello se les entregaron ofrendas áureas, perlas,
frutas, flores y el cariño de graciosas y bellas mujeres. El español lo veía como una tierra
de gracia: todo a pedir de boca, y algo más, la promesa de que de donde salieron todas esas
ofrendas hay mucho más.
Esa imagen de un indio que no hace la guerra, que ignora la codicia y dona o regala sus
tesoros, bien pronto pierde su encanto, ya que los viajeros aventureros descubridores solo
piensan en la repartición y extracción de recursos. Así surge la polémica: el europeo está
seguro de que el aborigen no tiene alma y no es un ser racional, sino una bestia más, una
especie entre los animales y el hombre, digna de ser tutelada o protegida; el aborigen, en
cambio, sabe que los dioses no roban, ni se alegran con hacer el mal, y mucho menos sangran.
Pero a este aborigen se le culpa por no aceptar ser inferior y no someterse a los que vienen
con armas, títulos y documentos para someterlo. Así vemos cómo responde con heroísmo a esa
lucha desigual y con poca esperanza: se defiende y pasa al ataque. En Venezuela el español
siente que la conquista es más larga y difícil que en toda la América.
Los europeos, a pesar de ver con desprecio a los aborígenes y de considerarlos animales,
descubren la belleza de sus mujeres, casi blancas: las fecundan y las hacen sus esclavas.
Igualmente permiten y obligan a los aborígenes a fecundar a las negras para tener más
esclavos, y permiten a los negros fecundar a las indias para sus intereses. Creen entonces
descubrir una nueva raza, con diferentes tonos y matices de la piel, talla y forma del cráneo,
que es una realidad antropológica.
Y ello a pesar de que ya antes del supuesto descubrimiento, en la región comprendida en la
actual Venezuela, había pueblos pertenecientes a varias áreas culturales, con grupos humanos
de diversidad física, diferentes costumbres y desigualdad lingüística. Lo prácticamente común
para estos grupos aborígenes era su economía, que iba desde la recolección de frutos y
tubérculos, la caza y la pesca, hasta una agricultura intensiva con sistemas de riego, con
sembradíos importantes de maíz, yuca, algodón y cacao, y sus técnicas de rotación de cultivos,
quema y riego.
Había domesticación de animales, con la hembra como responsable de casi toda la actividad,
convirtiéndose el macho en protector y cazador; sin una distinción de clase o estratos
sociales, salvo que podían tener esclavos y mujeres de otras tribus, resultantes de las
distintas luchas triviales; con poligamia y promiscuidad, y reconociendo una autoridad mítica
religiosa llamada piache, con cierta atribución social y religiosa–médica, que
exigía aprendizaje para su ejercicio, en un politeísmo rudimentario vinculado con la naturaleza
y el culto a los muertos. Sociedades belicosas y otras pacíficas: el aborigen pone su heroísmo
defensivo frente al heroísmo agresivo del conquistador, quien sin serlo se hace acreedor de
fama y grandeza con mucha ambición material. El aborigen defiende su tierra con la sola
superioridad numérica, en contraste con la fuerza mayor de las armas del conquistador; pero
nunca se rindió.
El africano es traído con la conquista, visto como fuerza de trabajo para la codicia
española. Don Enrique el Navegante intenta este negocio de la venta de esclavos, pero
será Gil Eanes quien abra el tráfico negrero hacia Europa después del descubrimiento de Guinea,
iniciándose hacia Lisboa, donde Alfonso V de Portugal estaba autorizado por el papa para
esclavizar sarracenos y paganos; luego se extendería a España.
En 1518 Carlos V autoriza a Lorenzo de Gorrevod, gobernador de Bresse, y le da la exclusividad
de situar 4.000 esclavos africanos en las Antillas sin hacer escala en Sevilla para el pago de
impuesto, transportándolos desde Guinea hasta Santo Domingo. Pero es Gerónimo de Ortal quien
trae un centenar de esclavos a las costas de Paria, y luego Cedeño y Heredia doscientos hacia
la Nueva Andalucía. En 1543 se menciona la introducción por el Cabo de la Vela, y luego, hasta
1565, por las costas de Borburata; a partir de 1580 desembarcarán esclavos en La Guaira, que
serán distribuidos a diferentes regiones.
A España y Portugal se sumarán Inglaterra, Francia y Holanda, aumentando progresivamente el
negocio. Se sabe que perecía un 30 % antes del embarque y un 12 % en el traslado, y
que al llegar a América muere otro porcentaje: se aprovechaba solo el 50 % de los
apresados legalmente, pues del negocio ilegal nada se sabe.
Fig. 3.— Alexander von Humboldt, que describió la
sociedad de Cumaná a su paso por la ciudad en 1799.Fig. 4.— Francisco de Miranda, hijo de canario y
criolla: la movilidad social que los blancos criollos disputaban.Fig. 5.— Antonio José de Sucre, cumanés, nacido en
el seno de la nobleza criolla de la Provincia.
Castas o estratos sociales
España pretende trasladar a América sus estructuras políticas, religiosas y económicas usadas
en la metrópoli. En el orden social existió una gran diferencia entre España y América, cuyas
raíces vienen de un feudalismo nacido en las luchas con los árabes. En el tope de la sociedad
se encuentra la nobleza —con sus clases alta, media y baja—, encargada del poder
político y responsable de la administración; para ella la guerra es una honra, así como el
servicio a Dios y las letras, despreciando el trabajo en general, y vive de los tributos y
contribuciones que impone a los vasallos. El rey es el primero de los señores principales, el
cual asciende al trono venciendo o anulando las aspiraciones de sus rivales.
La Iglesia ocupa un lugar relevante y privilegiado, representada por elevados dignatarios y el
clero. Luego vendrían en el escalafón los artesanos y trabajadores manuales —excepto los
dedicados a la agricultura y la minería—, oficios ejercidos por judíos y moros, es decir,
exclusivamente por quienes no eran considerados cristianos. Y en la base están los siervos para
las rudas faenas del campo.
A Venezuela no llega la representación completa de la sociedad hispana. La aristocracia en
general no participa ni se interesa por la aventura americana; solo después de disminuidos los
peligros y riesgos cruza el océano con sus prebendas burocráticas. La masa hispánica que viene
está compuesta por individuos jóvenes, en su mayoría de los sectores inferiores de la nobleza:
hidalgos segundones, guerreros, clérigos, licenciados, bachilleres, pocos agricultores, obreros
y marinos de diferente extracción.
La adaptación del europeo a nuestras tierras le exige desprenderse de la mayoría de sus
costumbres y aceptar los cambios: usos, alimentos y forma de vida local de los indios, el clima
y su trato con las hembras aborígenes, que lo empiezan a caracterizar. Todos se consideraban
señores, dándose un fenómeno de hidalguización, igualándose hacia arriba: así, el conquistador
era la más alta categoría y los aborígenes sus vasallos. Venían a buscar la honra y la fama
para satisfacer sus ambiciones económicas.
La gran diferencia entre las sociedades peninsulares y las americanas es que en estas
coexisten varios componentes raciales, entre trabas y prohibiciones que tratan de ocultar, a
pesar de los prejuicios, la mezcla que se ha realizado desde el primer contacto. La pasividad
del aborigen venezolano y su poca cantidad hicieron una mejor convivencia.
Las castas surgidas en la colonia difieren de las de la península, que se basan en los nexos
de sangre, religión y ocupación, con sus tabúes matrimoniales, como grupos endogámicos e
impermeables. En la colonia se valora el tipo racial, el derecho, la riqueza y la educación,
donde los caracteres étnicos determinan la aparición de por lo menos ocho niveles.
El primero lo ocupan los blancos peninsulares, sector dominante: allí estarán
los adelantados, repartidores y encomenderos, luego los gobernadores, intendentes, arzobispos,
obispos, capitanes generales y funcionarios de alta jerarquía, sobre los que recae la
responsabilidad del poder político, disfrutando de muchos beneficios.
El grado inmediato es el de los blancos criollos, hijos de españoles: son la
nobleza colonial, presumida y orgullosa, dueña del poder económico, cultural y social, donde su
blancura no importa, sabiendo que poseen por lo menos una octava parte de sangre india y una
dieciseisava de negro. Adoptaron las excentricidades aristocráticas —galas, servidumbre,
vanidades, trato, cortesías reservadas a la gente más encumbrada—. Son descendientes de
guerreros ricos, segundones, aventureros y hasta farsantes de alta alcurnia. Se ocupaban de las
milicias, posiciones importantes y arzobispados; monopolizaron los cabildos y consulados, y
dominaron la cultura superior en sus universidades como rectores, carcelarios, catedráticos,
secretarios, administradores y maestros de ceremonias. Se sintieron sometidos por los
peninsulares y presionados por los blancos inferiores y los pardos.
Los oriundos de las Islas Canarias son blancos de tercera: laboriosos y sin
ínfulas de grandeza, acostumbrados a una vida modesta y de dura actividad cotidiana; se les
llamaba blancos de orilla.
Los pardos son el mayor grupo de la sociedad colonial, pero tienen sus
caracterizaciones. El pardo legítimo es el cruzado de blanco con negro, o de blanco con
tercerón, cuarterón o quinterón; a los zambos y mulatos se les consideraba usurpadores de esta
categoría, que debía ser para los más blanqueados. Sin embargo, se llamaba pardo a todo el que
no fuese blanco, negro o indio. Los mestizos podían equipararse con los blancos, pero los
mulatos y zambos con los negros.
Los pardos debieron resistir por mucho tiempo las mayores discriminaciones; la evolución de la
colonia les fue propicia y en la monarquía hallaron estímulo para sus aspiraciones. Se les
marginaba y rechazaba en todas partes: no podían ser religiosos ni siquiera sacristanes; a sus
entierros no podían asistir los blancos; no podían sentarse en los bancos de los templos ni
llevar alfombras a ellos. Se crearon milicias de pardos donde solo ascendían hasta capitán; no
podían ingresar a las universidades ni siquiera como porteros; eran excluidos de consulados y
colegios de abogados, y les estaba prohibido casarse con los blancos.
Los indios gozaban jurídicamente de mejor condición que los negros, ya que
eran tenidos como vasallos libres, lo cual no excluía su esclavización al rebelarse contra el
conquistador. Los negros, mayormente esclavos, que podían ser manumisos, pero
libres o no, eran la base de la pirámide social.
Las leyes consagran privilegios para unos, los menos, e imponen obligaciones para otros, los
más. Se ocupan de las relaciones concubinarias, separan las razas esmerándose en la política
segregacionista y dictan ordenanzas discriminatorias sobre materias inútiles: uso de mantos,
joyas, bastón, paraguas, asientos y reclinatorios en las iglesias, escudos, títulos y
apellidos. Ser propietario de una mayor o menor extensión de tierras, poseer las mejores
haciendas, esclavos, cabezas de ganado y riquezas determina la ubicación social. Los grandes
cacaos, potentados, mantuanos y funcionarios superiores con fortuna a corto plazo estarán por
encima de los medianos propietarios y artesanos; más abajo estarán los desposeídos, condenados
por la pobreza a la inferioridad e incluso a la falta de libertad.
Muchos nobles fueron incluso grandes comerciantes, ya que en América para los señores no era
una afrenta el comercio, la minería, la ganadería ni la agricultura con la explotación del
indio y del esclavo. El dinero compra cargos, dignidad y nombres.
La educación aportará otra razón para la diferencia, siendo la instrucción más avanzada
exclusiva de los estratos sociales más altos. A los pardos se les negó la escolaridad y nadie
enseñaba a los negros; para los indios se preveía una alfabetización intelectual y religiosa
casi obligada. Para optar a un grado universitario había que probar ser
…hijo legítimo, limpio de toda mala raza y de padres conocidos.
Los expósitos, aunque fuesen blancos, no podían graduarse sin dispensa del rey. La esclavitud
divide a los hombres entre libres y no libres, y así una buena parte de la población es tratada
como una cosa, despojada de toda consideración no solo social, sino humana, con la
característica de un mueble o un animal.
En Venezuela, por ser una colonia pequeña y pobre, hubo una tendencia clara y sostenida hacia
el igualitarismo, extinguiéndose rápidamente la encomienda como tal y el feudalismo. La
composición estimada de la población era la siguiente:
Composición de la población venezolana en la colonia
Grupo
Proporción
Pardos, negros e indios
80 %
Blancos (todos los grupos)
20 %
Blancos peninsulares
1,5 %
Terratenientes y mercaderes
1 %
Medianos y pequeños propietarios y pulperos
10 %
Esclavos, negros y tributarios
18 %
Labradores, artesanos, peones y otros
60 %
Negros cimarrones y aborígenes marginales
10 %
Los porcentajes corresponden a distintas formas de contar la población
—por color, por oficio y por condición jurídica—, por lo que no suman cien.
Fig. 6.— Fragmento de una “pintura de castas”,
género con el que la colonia clasificaba cada mezcla y le ponía nombre.
Castas o clases sociales
Algunos autores hablan de siete castas conocidas en Venezuela, pero al ver la composición
social y el mestizaje entre ellas se quedan muy cortos, y seguimos teniendo actualmente cruces
entre mestizos, mulatos y zambos.
Desde la conquista se distinguen las diferentes castas con sus diferentes racismos. Los
blancos peninsulares se diferenciaban de los blancos criollos, y ambos de los blancos de
orilla: ninguno gozaba de los privilegios de los otros y los tres grupos se despreciaban entre
sí. Luego veremos el grupo llamado indio, donde también había diferencias, desde ser esclavos
de encomendados hasta ser dueños de redes y embarcaciones; también allí se marca cierto racismo
y se llaman despectivamente “indio”, aunque un porcentaje alto de ellos se refugió
en la selva y las montañas por no dejarse someter por el blanco, y otros fueron desplazados al
llano venezolano.
Por último, y no menos importante, los negros —esclavos, manumisos y cimarrones—,
aun siendo el sector más bajo de la sociedad, tenían diferencias notables y su propio racismo.
Los esclavos, como trabajadores de las haciendas, tenían la ventaja de que dependían del patrón
en cuanto a comida y cuidados; los manumisos, como peones o arrendatarios, no tenían más que el
beneficio de una paga miserable, que no cubría ni su propio sustento; y los cimarrones,
escapados de sus amos, vivían de la naturaleza o de las limosnas.
Los pardos eran el grupo más voluminoso de la población y, aunque carecían de privilegios,
cumplían funciones de artesanos, comerciantes menores, pulperos y asalariados. Las
denominaciones de la época eran muchas:
Denominaciones de las castas
Nombre
Unión de la que proviene
Mestizo
Blanco e india
Mulato
Blanco y negra
Zambo
Indio y negra
Cuarterón
Blanco y mulata
Quinterón
Blanco y cuarterona
Salto atrás
Cuarterón o quinterón con negra
Tente en el aire
Zambo con tercerona o cuarterona
La lista continuaba con nombres como castizo, morisco, no te entiendo,
ahí estás o zambaigo. A todos ellos se les llamaba, en conjunto, pardos.
Como podrá entenderse, esto lleva al racismo y al desprecio dentro de la propia clase social
llamada parda. Todas estas mezclas forman una sociedad heterogénea, con diferentes intereses
económicos, políticos y sociales en cada grupo, y sucede en un período corto: se pasa de un
sistema de castas en el siglo XVI a un sistema de clases ya definidas en el XVIII, dependiendo
de la condición étnica de cada individuo. Aunque en un principio se prohibía el matrimonio
entre diferentes castas y la adquisición de derechos ante los grupos superiores dominantes, las
diferencias se fueron acortando, si bien los racismos no han desaparecido.
Así veremos rivalidades entre los conquistadores y sus hijos, quienes deseaban los cargos
políticos, militares y eclesiásticos que los primeros les negaron, además de las trabas y
restricciones para el comercio y las industrias, lo que provocó el nacimiento de movimientos
preindependentistas. Pero al mismo tiempo estos criollos se oponían al ascenso de los pardos, a
quienes se prohibía casarse con blancos, optar a cargos públicos o asistir a escuelas de
blancos. Los pardos se rebelan y la Corona emite la Real Cédula de Gracias al Sacar,
donde se establece que podían comprar su igualdad con el pago de una suma de dinero, para
disfrutar de los privilegios de los criollos blancos.
Fig. 7.— Los rostros de la mezcla: la variedad física
que la sociedad colonial intentó nombrar y ordenar.
Mestizaje en Cumaná
El mestizaje en Cumaná se inicia muchos años antes del supuesto descubrimiento de América.
Hay evidencia de la llegada de náufragos españoles venidos de África, que pernoctaron por más
de veinte años y que, luego de mezclarse con las indias cumanesas, abandonan Cumaná; son ellos
los que le dan la ruta de viaje a Cristóbal Colón, tras naufragar nuevamente en las Islas
Canarias, específicamente en la isla de Madeira, donde Colón era capitán de faro y vivía con su
suegra y su esposa.
Estos españoles náufragos dejaron una mezcla de características físicas, cultura y usos de
costumbres en los aborígenes, que sorprendieron a Colón, y así lo describe: su color de piel,
su corte de cabello, el uso de turbante en la cabeza como en Castilla, y su amabilidad ante la
llegada de un extraño.
Es fácil entender que el mestizaje en Cumaná se inicia mucho antes de la llegada, en 1494, de
Cristóforo Colombo, y que es más variado que en el resto de la actual Venezuela, por ser puerto
principal y entrada a tierra firme, y la primera ciudad fundada en tierra firme por los
españoles. Así cohabitaron, chocaron y mezclaron sus raíces fundamentales —la indígena
aborigen, la europea invasora y la africana esclavizada—, dando una sociedad muy diversa,
tanto en ideas y doctrinas como en cultura y características físicas y antropológicas.
Ya antes de la llegada de los europeos la región estaba habitada por etnias originarias de
cazadores, pescadores y navegantes, como los guaiqueríes, cumanagotos, chaimas y tagares, que
entablaron alianzas tempranas con los españoles. La cercanía con Cubagua y su explotación de
perlas introduce a la población africana, presentándose un cruce entre estas razas que mezcla
tradiciones culturales, culinarias y musicales, aparte de una forma de dialecto muy combinado.
La falta de mujer blanca lleva al conquistador y a los encomenderos a relaciones íntimas con
las indias, especialmente cuando se adentraban en las selvas, llanos y montañas, donde estas
les prestaban todos los oficios y favores. De estos contactos nacían hijos mestizos y con ellos
creaban una vida afectiva; luego, con las negras, recibirán los mismos beneficios que con las
indias. Así se formaron relaciones interraciales: mientras llegan mujeres españolas, los grupos
compuestos por familias mestizas se multiplicaron, y los hijos repetían el procedimiento de los
padres. También los negros esclavos que llegaron a Cumaná venían de diferentes regiones de
África, con diversidades antropológicas y culturales que enriquecen aún más este mestizaje.
No le fue fácil al europeo someter al indio cumanés, a pesar de tener de aliado a la
naturaleza para hacerle creer que el Dios traído por ellos provocaba los desastres naturales
para que se sometieran. Por el contrario, los guerreros indios, cada vez que regresaban a la
ciudad, la destruían y volvían a huir a la selva y a la montaña; sin embargo, dejaban a su mujer
e hijos con el español, que los fue adoctrinando y sometiendo, creando conflictos entre los
indios.
El español que vivía de la extracción de perlas en Cubagua lo utiliza en un principio para
sacarlas, pero el indio se resiste y prefiere morir ahogado antes de ser esclavizado en esa
vida, escapando y muriendo; por tanto, es sustituido en esa labor por el esclavo negro
africano, hasta que se acaba la explotación perlífera y se mudan ambos a Cumaná.
Para esa época Araya es invadida por los holandeses, quienes son rechazados varias veces, pero
a finales de 1540 se establecen por varios años en la península y le donan a la población
características genotípicas muy particulares que aún seguimos viendo en la actualidad, heredadas
por los cumaneses. No debemos olvidar las diferentes incursiones de los ingleses, que se
mezclaron con estos invasores creando un mestizaje más variado y, a diferencia de los
españoles, sin ningún apego afectivo con los aborígenes.
Debemos recordar, por otro lado, que a la llegada de los colonizadores esta población ya era
mestiza y las uniones eran con tercerones o cuarterones, a diferencia de otras regiones de
América, y mucho antes de que la reina Isabel la Católica dictara en 1503 la Cédula Real que
autorizaba a los españoles a casarse con los nativos de la realeza indígena. Ya entre 1520 y
1530 había familias mestizas en Venezuela y Cumaná, que se prohibían en otras regiones de
América.
En 1523 llegaron unos italianos a Cumaná con Jácome de Castellón y se casaron con cacicas y
mujeres guaiqueríes; luego pasarían por Cumaná Lope de Aguirre y sus hombres, de quienes es muy
probable que violaran a las indias cumanesas. Ya para el siglo XVII se da un mestizaje en
Cumaná entre españoles y franceses, que vinieron por la persecución de los católicos franceses:
varios médicos franceses vivieron, ejercieron y se casaron en Cumaná con familias de la
nobleza. Para el siglo XVIII llegaron unos corsos a Cumaná que se ligaron con la población.
Cabe destacar que los ingleses nunca aceptaron el mestizaje, salvo los corsarios y piratas.
Como vemos, en la ciudad de Cumaná el mestizaje fue muy variado: los pardos no solo eran
cruces entre españoles, negros e indios, sino también, directa o indirectamente, de holandeses,
ingleses, italianos, franceses, indios de varias etnias y negros africanos de diferentes
regiones. De allí una variedad lingüística que por mucho tiempo identificó al cumanés y a sus
vecinos costeros, una gastronomía muy rica, bailes y tradiciones típicas de la región, varios
ritmos musicales casi autóctonos en cada zona, características antropomórficas y físicas
variadas y, en fin, una gran cultura heredada de todos los pueblos que nos visitaron.
Fig. 8.— Cuadro de castas: cada pareja y su
descendencia recibían un nombre distinto dentro del mismo orden social.
Conclusiones
Cuando algunos autores dicen que Venezuela nació un 3 de agosto de 1498, están negando que en
esta región existían aborígenes que recibían visitas frecuentes de viajeros europeos y
comerciaban e intercambiaban costumbres, saberes y mercancías con ellos mucho antes de la
llegada de Colón. Hay evidencia de que pisaron nuestras tierras y fecundaron a nuestras
aborígenes, viviendo algunos por más de veinte años con nuestros indios. Sirva esto para
desmitificar que fue Cristóbal Colón quien descubrió, por lo menos nuestra región de la actual
Venezuela, ni quien introdujo el mestizaje en este continente.
El piloto español Alonso naufraga en Cumaná con varios de sus marineros, convive con su
población y fabrica una embarcación que lo lleva de vuelta a su tierra más de veinte años
después, con tan mala suerte que vuelve a naufragar y es rescatado por Colón, quien se entera
así de las rutas de navegación y de la existencia de Cumaná y sus perlas. Cuando este hace su
segundo viaje visita esta ciudad, que contaba con más de quince mil indios y doscientas casas o
chozas, y se sorprende de la blancura de los indios, de sus costumbres tan parecidas a las de
Castilla, aparte de la docilidad de esta gente, la amistad con que es recibido y la facilidad
de negociación con sus aborígenes, quedando tan encantado y satisfecho que nombró esta región
tierra de gracia, como lo referiría en sus diarios y lo relataría su hijo.
Por otro lado, si esta parte del mundo es descubierta en 1498, ¿cómo se explica que ya para
esa fecha hubieran salido los mapas venecianos con el nombre de América, si debería llamarse
Colón o Colombia? Y al llegar Colón a La Española en 1498, terminando su tercer viaje, es hecho
prisionero y llevado encadenado a España como reo de Estado. Creo que se debe investigar sobre
este punto tan oscuro, que le atribuye el nombre de un continente a un viajero ocasional y
mercader, y no al virrey y almirante español, gobernador de las Indias Occidentales.
El mestizaje fue prácticamente obligado: hombres solos ven a mujeres tan bellas como las de
las ciudades de donde son originarios, y los que acompañaron a Colón le rogaban que los dejaran
en esa tierra de gracia y paraíso terrenal. Pero no solo los españoles contribuyeron con el
mestizaje en Venezuela y en la Nueva Andalucía o Cumaná, ya que específicamente en Araya
pernoctaron por varios años holandeses que dieron características genéticas a sus pobladores,
y aún quinientos años después los distinguen en su misma región.
Los diferentes fundadores de la ciudad de Cumaná traerán sus connacionales y recursos, ya que
los indígenas se ponían en pie de guerra con cada llegada de nuevos pobladores ajenos a sus
tribus, por los desmanes, asesinatos y violaciones que muchos de los visitantes cometían. Sin
embargo, el mestizaje en Cumaná se hizo cotidiano: no era raro ver un salto atrás tanto en
gente morena como blanca o negra, o quizás un albino, o un negro con pelo liso y ojos azules.
Igualmente, el racismo se apoderó de cada uno de los grupos étnicos, aunque no tanto como en
otros países, pero siempre lo hubo y quizás aún lo hay, a pesar de que la guerra de
independencia nos unió como país, pueblo y ciudadanos, eliminando las castas y los rangos
sociales. Por lo menos en Venezuela puedes ver a los de mayor poder adquisitivo compartiendo
con los más desposeídos sin mirarlos con desprecio y lástima. Siempre habrá en Cumaná una
distinción de estatus económico, pero se ha minimizado el racismo entre clases respecto de los
siglos XVI, XVII y XVIII: ya en el siglo XXI hablamos de catire, moreno, negro o quizás indio
en forma casi de cariño, aunque los estemos llamando, sin querer, mestizos o hijos de mula,
mulatos.
Bibliografía
Mestizaje culturalArturo Uslar Pietri
Crónicas de CumanáTulio Ramón Badaracco
Mestizaje en VenezuelaFélix Piñerúa Monasterio
Historia de la República de VenezuelaArias Amaro
Historia fundamental de VenezuelaJ. L. Salcedo Bastardo