En el corazón del centro histórico de Quito, la Catedral Metropolitana resguarda un enigma que trasciende lo religioso. Allí, en una tregua eterna impuesta por el mármol, reposan los restos de dos venezolanos: Antonio José de Sucre, el "Abel de América", y Juan José Flores, el fundador de la República del Ecuador.
Esta vecindad física es, quizás, la ironía más punzante de la historia andina: separa por apenas unos metros al mártir de un crimen nunca resuelto y al hombre a quien la posteridad siempre señaló como su principal beneficiario. ¿Es un homenaje a la patria o la paradoja más grande de nuestra historia?
1830: El año del magnicidio y la fragmentación
La paradoja nace en el barro de Berruecos. El 4 de junio de 1830, cuatro disparos terminaron con la vida de Sucre, el heredero político de Simón Bolívar. Este no fue un acto de bandolerismo, sino un crimen de Estado.
Mientras Sucre cabalgaba hacia Quito para reunirse con su familia y defender la unidad de la Gran Colombia en el "Congreso Admirable", Juan José Flores ya orquestaba en la capital la separación del Distrito del Sur. La desaparición de Sucre eliminó el único obstáculo militar y moral que podía frenar las ambiciones de Flores. La historia sugiere que, si bien la mano que disparó fue la del coronel Apolinar Morillo, el silencio y la posterior consolidación de Flores en el poder sembraron una sospecha que el tiempo no ha logrado borrar.
El rescate del mártir y el triunfo del caudillo
La diferencia en el trato de sus restos acentúa la tragedia. Sucre, tras ser asesinado, fue abandonado en la selva. Fue el valor de su viuda, la Marquesa de Solanda, lo que permitió recuperar sus restos y esconderlos clandestinamente durante siete décadas en el convento de El Carmen Bajo.
El Gran Mariscal de Ayacucho, libertador de naciones, tuvo que habitar las sombras de un altar oculto para no ser profanado por el régimen que Flores había instaurado, quien gobernaba el país con la mano dura de una "hacienda particular". Por el contrario, Juan José Flores, tras una vida de luces y sombras —incluyendo la polémica "Carta de la Esclavitud" de 1843—, murió en 1864 y fue sepultado con los máximos honores de "Padre de la Patria".
La operación de Estado de 1900
La reunión de ambos en la Catedral no fue un accidente, sino una maniobra de legitimación nacional. En 1900, el general Eloy Alfaro, líder de la Revolución Liberal, ordenó el hallazgo científico de los restos de Sucre. Alfaro necesitaba el prestigio del Mariscal para dotar a la República de un símbolo de pureza y sacrificio que contrastara con el pasado conservador.
Al trasladar a Sucre a la Catedral, el Estado ecuatoriano creó una "paz forzada". Al poner al mártir cerca del fundador, la narrativa oficial intentó suturar la herida de Berruecos, fundiendo en un solo recinto la ética republicana (Sucre) y la supervivencia institucional (Flores).
Hoy, el mausoleo de Sucre, tallado en la oscura roca volcánica del volcán Pichincha, se yergue como un monumento a la libertad inmaculada. A pocos metros, la cripta de Flores recuerda que las naciones no solo nacen de ideales, sino también de la fuerza y la ambición.
Al salir de la Catedral de Quito y dejar atrás el silencio de mármol que envuelve a estos dos hombres, queda en el aire una pregunta que la historia aún no termina de responder: ¿Es este mausoleo compartido un símbolo de reconciliación nacional o la última burla del poder sobre el idealismo?
La presencia de Sucre dignifica el recinto, pero la de Flores nos recuerda las raíces complejas de nuestras repúblicas. Mientras el "Abel de América" y el "Caudillo" sigan bajo el mismo techo, la herida de Berruecos permanecerá abierta, recordándonos que en América Latina, a veces, la justicia solo llega en forma de bronce y piedra.
por: Jose M Herrera G.
El General flores compadre y amigo del Gran Mariscal es uno de los muchos amigos y compañeros que se confabularon para asesinar a Sucre, aún queda por demostrar la participación de su propia esposa y del asesino de su hija el supuesto General o sargento Barriga, todo en la vida se sabe tarde o temprano y algunas veces las evidencias están unidas como flores y Antonio José
ResponderEliminar